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jueves, 16 de mayo de 2013

La Furia del Libro



Con cincuenta frías e impersonales cartas de rechazo clavadas en cada costado, tres docenas de fiascos en concursos literarios sobre los hombros y varias cicatrices más o menos profundas a lo largo de su espalda de estafas disfrazadas como editoriales de autopublicación, Fali Brito, escritor vocacional, se dirigía con paso firme hacia el Baluarte de la Candelaria acarreando una enorme bolsa llena con los ejemplares que le quedaban (casi todos) de “Sombras de penumbra”, su novela autoeditada.

Lejos de su mente los comentarios elogiosos sobre su obra hechos en grupos de escritores noveles de facebook por compañeros con los que había compartido su texto. Y las reseñas, tan lisonjeras como huecas, pero nunca negativas, de los blogueros a los que había regalado su novela.

En su furibundo caminar sólo le guiaba la ira por el descubrimiento que acababa de hacer. Tras comprobar que, un día más, las ventas en una plataforma de internet de su libro en formato digital seguían a cero (pese al ridículo precio de dos euros que él mismo le había asignado), topó por casualidad con una web en la que se ofrecía la descarga gratuita de “Sombras de penumbra”.

Cegado por la rabia, irrumpió en la concurrida sala de actos del Baluarte, donde tenía lugar una presentación literaria en plena Feria del Libro. Dejó caer la bolsa, la abrió y ante el asombro de los allí presentes, comenzó a arrojarles los ejemplares de su obra con todas sus fuerzas.

“¡Esto es lo que queréis! –gritaba enfurecido- ¡Libros gratis! ¡Y que los artistas vivamos del aire! ¡Pues tomad, gentuza, tomad!”




El resultado: diecisiete heridos leves, una noche en el calabozo de la comisaría para Fali Brito y un puñado de referencias al episodio en cuplés y cuartetas de popurrís en el carnaval del año siguiente. En cuanto a los ejemplares arrojados de “Sombras de penumbra”, la gente se los llevó todos. No consta que nadie lo haya leído.



(Publicado en El Independiente de Cádiz el 15 de mayo de 2013)

domingo, 28 de octubre de 2012

Cachonde... arte

Hace algún tiempo me tocó entrevistar a un humilde jubilado que, después de no haberse interesado en toda su vida por nada parecido a la cultura, ocupaba la mayor parte del tiempo libre que le regalaba su retiro para pintar. Y no me refiero a pintar las paredes de su casa sino a pintar cuadros. Lo que él consideraba "obras de arte".

Y a fuerza de darle al pincel (y de dar la murga a base de bien), consiguió que le permitieran exponer su primera colección de pinturas en el aula de cultura de su pueblo. Lo cual, a juicio de un editor de informativos, era noticia para la televisión. Cada uno tiene sus gustos.

Aunque el del artista en cuestión (el gusto) era cuando menos discutible. Lo mejor que podía decirse de los cuadros que exhibía muy orgulloso es que olían a pintura. Pero no en plan metafórico, no. Es que el paisano había administrado tal cantidad de pintura encima de cada lienzo que el aroma a óleo se percibía desde la calle. Pero si se hubiera limitado a volcar el contenido de las latas de pintura sobre los lienzos, el aroma habría sido igual de intenso y los cuadros no habrían sido tan feos.

El caso es que pregunté al buen hombre cómo le había entrado aquella repentina afición por la pintura. Y me contó que le surgió durante un viaje del Imserso a Madrid.

-Nos llevaron al Museo del Prado y nos enseñaron un cuadro que decían que era de los mejores de toda la pintura española: Las Moninas. Y yo lo estuve mirando un rato y me dije para mí: esto hay que mejorarlo.

Supongo que esas mismas cuatro palabras fueron las que guiaron las manos de la "restauradora" del eccehomo de Borja, de la que tanto se ha hablado y se sigue hablando. Claro que esta feligresa, en lugar de pergeñar su propia versión del eccehomo de marras, no tuvo mejor ocurrencia que ponerse a "mejorar" el original.

Conste que la iniciativa de esta señora me parece un disparate, pero el caso es que la dimensión que ha alcanzado el asunto merced al inconmensurable poder difusor de internet y los medios de comunicación, me ha hecho pensar que ella tiene razón al reclamar sus "derechos de autor" sobre la nueva obra.

Dejando aparte el valor del eccehomo original, queda claro que lo que ha saltado a la fama en todo el mundo es lo que pintó la buena mujer. Y eso es lo que ha servido para hacer camisetas, disfraces y parodias en revistas y programas de radio y televisión. Sin que ella vea un duro de todo eso.

Vale que su obra es un engendro. Pero es su engendro. Y si alguien se pone a hacer camisetas con la mascota de las Olimpiadas de Barcelona, tendrá que pagar derechos de autor a Mariscal por utilizar su engendro canino llamado Cobi. Por cierto; he tenido la deferencia de no utilizar ni a Cobi ni al eccehomo de Borja para ilustrar esta entrada, sino cuadros del Museo de Bellas Artes de Valencia sobre los que yo también he "intervenido". Bueno, no sobre los cuadros, que yo no soy tan cafre,  sino sobre las fotos de los cuadros.

Lo que me lleva a otro aspecto interesante de la cuestión, que es la discusión sobre si la obra es realmente suya dado que parte de la pintura de otro. Pero es que si ese otro levantara la cabeza y viera lo que la ciudadana ha hecho con su eccehomo, lo siguiente que levantaría sería un garrote para atizarle con él a la ciudadana. En todo caso, lo que ha servido para mofa, cachondeo y también para que algunos espabilados obtengan ganancias, no ha sido el original sino el engendro.

De todas formas, este asunto de si una obra de arte "intervenida" pertenece al autor primitivo o al interventor, merece algo más que una simple entrada en un blog. En ello estoy...